viernes, 1 de agosto de 2008

Experiencias andaluzas - o la alegría que vence a la tristeza


Aprovecho que en casa de mis amigos se acaba de instalar un aparatico de Orange (una de las compañías de móviles que hay por aquí) que permite conectarse a internet, aunque con alguna dificultad, para pasar por aquí y dejarles algunas impresiones de mi proceso de recargar pilas en esta tierra hermosa y dinámica que tan poco se parece a Asturias - se diría que son dos países diferentes.

Hoy me siento feliz, me siento plena. Ha de ser tanta luz, tanta luminosidad, el arrullo del mar, la pureza del viento, los amigos sinceros y diversos (hay un cubano, un andaluz, un holandés, un uruguayo). Hoy no me fui a la playa, mis amigos están acomodando su casa – aunque es de alquiler, uno de ellos se va a quedar a vivir aquí y los demás cooperan para disfrutar cada vez que puedan escapar por unos días de sus agitadas vidas para venir a este remanso de paz.

La casita está en el campo, pero a apenas 2 kilómetros de la ciudad, y como se encuentra en la ladera de una montaña se ve un pedacito de mar.



De donde han salido estos amigos? Pues de un intento que hice hace dos años de venirme a vivir y trabajar a Andalucía. En aquel momento me acogí a su lema turístico: “Andalucía te quiere” y me dije: "Deja ver si es verdad, si me quiere, pero no solo de visita". Estaba harta de Asturias con su lluvia pertinaz y su falta de oportunidades laborales, así que empecé a enviar mi CV a cuanta oferta de trabajo para bilingues encontré – y me respondieron tres, y dos de ellas me citaron para entrevistas. Pero tengo que retroceder un par de meses para aclarar que antes de eso vine a unas vacaciones en Almuñecar – bello pueblecito de la costa de Almería - con un amigo cubano (el mismo que está aquí hoy) que vivía en Alemania desde hacía casi 20 años pero quería venir para acá. Lo único que pagué por aquel entonces fue el billete de avión, en oferta fueron unos 120 euros ida y vuelta. Aunque no entendía ni papa mientras hablaban en alemán a mi alrededor, puesto que mi amigo vino con su ex-esposa alemana y su nuevo marido de la misma nacionalidad. Conmigo hablaban inglés y fueron super simpáticos, pero de vez en cuando se olvidaban de mi y se ponían a hablar en alemán, y yo pescaba apenas algunas palabras que se parecen al inglés, pero por lo demás solo oía sonidos incomprensibles.

Eso no me impidió disfrutar de una semana fantástica, durante la cual conocí a una chica andaluza, amiga de mi amigo, que fue quien me encontró el primer piso compartido al que vine a parar para acudir a las entrevistas. De dos acerté una, de modo que a los 15 días estaba trabajando en una pequeña inmobiliaria de Nueva Andalucía. Me contrataron solo por dos meses, para sustituir a la única secretaria - la chica se casaba y se iba mes y medio de luna de miel (el otro medio mes era para que ella me entrenara un poco). Primero viví en Estepona, pero tenía que tomar un autobus cada mañana que podía demorar más de la cuenta si había mucho tráfico – amén de que las guaguas de aquí se parecen un poco a las cubanas por lo impuntuales y calurosas, aunque claro, pueden ir llenas pero no con gente colgando de las puertas, hasta ahí no llega, y la demora no pasa de 10 minutos – de modo que me puse a buscar otro piso compartido más cerca del trabajo y lo encontré finalmente en una urbanización recién terminada que estaba muy bien y muy asequible el precio del cuarto, para compartir con una muchacha gaditana muy simpática que también trabajaba de secretaria en otra inmobiliaria de Marbella. Todavía hacía falta una tercera persona para compartir el piso de tres habitaciones y apareció un chico de 18 años, madrileño, muy “majo” como dicen por acá, que trabajaba de aparcacoches en el hotel Guadalpin – solo que perdió el trabajo poco después de estar viviendo con nosotras, pagando más porque su habitación era la mejor, con baño “en suite”. Para llegar a la oficina aun necesitaba transporte, pero la gaditana me hacía el favor de sacarme con su coche en su camino a Marbella, y llegaba en apenas 5 minutos. De modo que me podía levantar a las 9, desayunar tranquilamente, salir a las 9 y media con ella y llegar todavía temprano, puesto que abríamos a las 10 am. Almorzaba en la propia oficina – calentando en el microondas escondido tras un parabán lo que hubiera llevado o preparándome una ensalada o comprando algo en el Supersol que me quedaba justo al lado. Y a las 6 pm ya había terminado la nada agotadora jornada – pocos clientes, algunas llamadas, actualizar la página web. En realidad me pagaban poco – la vida aquí es más cara que en el norte – pero no estaba mal para empezar.

Sin embargo, como “en casa del pobre la alegría dura poco”, cuando más contenta estaba recibí una noticia de Cuba que lo cambió todo: mi madre había muerto de un infarto en La Habana. Toda la luz de Andalucía no me servía para apartar la tiniebla del dolor que me cegaba. Hoy puedo hablar de eso, porque no estoy triste, ni siquiera al evocar mi desesperación de aquel sábado, cuando a la salida del cine a donde había ido con mis compañeros de piso – que ese fin de semana casualmente no se habían ido como acostumbraban – al encender el móvil leí el mensaje terrible: “llama a tu casa, algo pasa”. Desde que lo leí lo sabía, mi primo desde Canarias no se había atrevido a soltarme la “bomba” directamente, y su teléfono estaba en ese momento “apagado o fuera de cobertura”, y no lograba comunicar con mi casa – la línea estaba ocupada todo el tiempo. Quería aferrarme a la esperanza: tal vez está en el hospital – pero en el fondo sabía que era más serio que eso. Cuando por fin logré hablar con mi gente me confirmaron mis temores: “ha sido fulminante, no dió tiempo a nada, que hacemos?”. Con un dolor en el alma que ninguna palabra sería capaz de expresar, tuve que decirles que la enterraran sin mi, sabía que no iba a poder llegar en un tiempo razonable, no tenía el pasaporte actualizado ni la “habilitación” necesaria para entrar en la isla luego de mi “salida definitiva” – que terrible frase.

Para no hacer demasiado larga esta historia – que no era mi objetivo contar en un día tan bello - el lunes siguiente avisé a la jefa que necesitaba irme, saqué pasaje para Asturias, de allí – luego de intentar contacto telefónico sin resultado alguno, simplemente no contestan – me fui al consulado cubano en Santiago de Compostela que es el que “me toca”, pagué un pastón por actualizar mi pasaporte cubano y de paso el de mi hija, y llené todos los papeles para solicitar la habilitación, que según me informaron tenía que llegar desde “La Habana”, luego de verificarme con el comité (todavía?) y comprobar que en España no había participado en actividades “hostiles a la Revolución” – para que vean que mi paranoia no está del todo injustificada, aquí afuera siguen controlándonos, aunque eso ya cada vez me importa menos.

El caso es que la habilitación demoró más de dos meses, de modo que hasta noviembre – casi tres meses después – no pude poner mis pies en mi ciudad para ver como hacía para facilitar a mis buenos amigos – que más que amigos son hermanos – que pudieran seguir cuidando a mi tía enferma, de quien se habían hecho cargo desde el fatídico día en que mi madre no pudo seguir haciéndolo. Allí estuve un mes, y logré mi cometido, y me despedí de la isla – no quería saber más de aquella jaula de la que no había logrado sacar a las rehenes más importantes del mundo para mí. Mi tía (aunque era 10 años más joven que mi madre y su enfermedad era mental, causada por la angustia de no haber podido irse) murió al año siguiente – es decir, el año pasado – y desde entonces, aunque he seguido llamando alguna que otra vez para hablar con mis amigos, y enviándoles alguna que otra ayuda, no me preocupaba siquiera de seguir las noticias relacionadas con ese pedacito de mundo que durante 40 años fue todo mi universo. Tenía que mirar hacia delante, no hacía atrás. Pero he aquí que estoy de vuelta a las andadas – gracias a (por culpa de) Yoani y los blogs – solo que ahora lo hago desde otro nivel, creo que "cualitativamente superior" (según las enseñanzas del "materialismo dialéctico" - que de algo tienen que servirme). Sigo queriendo el bien de mi isla y de mis isleños – qué curioso que allí llamemos isleños a los de Canarias, y no pensemos que también lo somos nosotros – y ahora con menos interés personal, aunque el interés personal, como he dicho en algún comentario, no tiene porqué estar reñido con el colectivo: el individualismo mueve el mundo, ya hemos visto de sobra el daño que hace el colectivismo, que no es más que el supremo lobo individualista disfrazado de cordero comunista.


Bueno, volviendo a Andalucía flamenca y espléndida -no dejo de preguntarme por qué mi abuelo asturiano no era andaluz, supongo que por lo mismo que no soy nieta de Rockefeller- esta tierra me sigue llamando, pero por ahora debo permanecer en Asturias, al menos hasta que mi hija termine sus estudios. La Universidad de Oviedo es muy buena y ella ha logrado por fin hacer algunas amistades y no quiero que pase otra vez por el calvario que vivió cuando con sólo 15 añitos tuvo que dejar atrás a sus amiguitas que eran un grupo precioso de seis niñas - tres de las cuales ya están fuera de Cuba, dos en Miami y mi hija aquí – que habían hecho juntas parte de la primaria y toda la secundaria. Se diría que puedo dejarla sola – ya tiene 20 años – pero nuestra familia es demasiado corta y ha sufrido demasiadas separaciones para yo imponer voluntariamente una más. Si luego es ella la que se va lejos – su novio es argentino y sueña con regresar a su “Buenos Aires querido”, será diferente, pero creo que no debe ser la gallina quien abandona al polluelo, sino al revés.


En fin, que yo solo quería decir que estoy pasando un buen día, un paréntesis de sol en esta semipenumbra en que he vivido desde que llegué a la tierra de mi abuelo el gallego, que me hablaba de sus verdes montañas con sus ojitos cargados de nostalgias, como posiblemente le hablaré yo a mis nietos de mi Caribe excesivo y de mi Habana indescriptible, de tal modo que cuando ellos la vean dirán: “abuelita, que no era para tanto!”. Pero yo me daré el gusto de seguir amando al caimán, aunque no barbudo. Y también aprovecharé este privilegio que tengo ahora de ser ciudadana del mundo, para ver con mis ojos, en la medida en que lo permita mi anémico bolsillo, muchos de aquellos rincones de los que he leído u oído hablar en tantas ocasiones. Y pensando en mi madre – que fue quien me impulsó a irme, pues decía que no podría morirse tranquila si sabía que nos dejaba prisioneras – quiero creer que si le dio tiempo a pensar algo habrá muerto feliz por sus pájaros libres que seguirán volando alegres y optimistas bajo el cielo azul o gris de este universo abierto.

2 comentarios:

Aguaya Berlín dijo...

Qué emotivo lo que has escrito... me has emocionado de verdad............

Pues no estás solas, nos tienes a tus lectores, que siempre te daremos apoyo. Yo tampoco quería saber nada de Cuba hasta que descubrí los blogs. Y ahora hablo de ella "desde otra perspectiva", como ciudadana del mundo que también soy.

Gracias, Ana, por estar ahí y por transmitirnos tus vivencias personales como lo has hecho!

Un beso,
AB

Yoana dijo...

Gracias Agu. Tu siempre tan cariñosa y tan cercana! Me dan ganas de irme pa Berlin, pero antes tengo que aprender alemán, jeje. Es verdad que ya me siento menos sola, con todos ustedes por ahí, pudiendo leerlos y que me lean en esta especie de conversación y terapia de grupo en la que estamos metidos y que tan especial nos resulta. Gracias por pasar y por tu emoción y empatía (además de simpatía). Un abrazo,

Ana

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